lunes, 14 de abril de 2014

Bloody Sunday (Domingo Sangriento)

Tras haber visto, hace algunos años, dos grandes películas dedicadas al conflico norirlandés y el IRA:  Agenda Oculta, de Kend Load (1990) y En el nombre del padre, dirigida por Jim Seridan y estrenada en 1993, debo reconocer que el descubrimiento de Bloody Sunday me ha producido una enorme satisfacción.

Esta película fue rodada por Paul Greengrass (2002) y trata sobre el trágico "domingo sangriento" 30 de enero de 1972, en el que una manifestación organizada por la Asociación de los Derechos Civiles de Irlanda del Norte, en Derry, finalizó con la muerte de trece personas a manos de los paracaidistas del ejército británico. La cinta fue galardonada con el Oso de Oro del festival de Berlín y en el Festival de Sundance como mejor película.

El origen de esa manifiestación hay que buscarlo en la introducción, el día 9 de agosto de 1791, de una polémica medida de control por parte del gobierno británico: el libre internamiento sin juicio (conocida como internment), por el que la policía podía encarcelar a todo sospechoso de pertenecer al IRA. Esta medida, que ya había sido llevada a cabo entre los años 1956 y 1962 con éxito, en esta ocasión sirvió para aumentar los abusos hacia los nacionalistas, ya que contrariamente a lo que se pretendía la mayoría de los detenidos no fueron terriristas, sino católicos sin vinculación al IRA.

Ante tales sucesos, la comunidad nacionalista organizó manifestaciones de protesta, y el 30 de enero de 1792 tiene lugar una marcha en Derry (prohibida por las autoridades) a la que asistieron más de 10.000 personas y controlada por el regimiento de paracaidistas británicos. En un momento determinado, un grupo de personas se separaron de la marcha (con la intención de llegar al ayuntamiento) y comenzaron a lanzar piedras a unas barricadas en las que se situaban los soldados. Estos respondieron con gas, balas de goma y agua a presión. Sin embargo, pronto sucumbiría el caos en las calles de Derry, según los responsables del ejército los manifestantes habían habierto fuego y los soldados se defendieron disparando a "objetivos armados"(1). El trágico día finalizó con 13 muertos y 17 heridos. No se encontraron armas o explisivos a ninguno de los fallecidos (seis de ellos tenían 17 años y otros tres entre 19 y 22), heridos o detenidos.

Por ello, como manifestó en la película el diputado del Partido Socialdemócrata y Laborista del Parlamento irlandés Ivan Cooper, con ese acto se había perdido la oportunidad de seguir una vía pacífica para resolver el conflicto y se había dado "al IRA la mayor victoria de su historia". Pocos días después del suceso se puso en marcha una investigación que concluyó con el llamado Informe Widgery, que no encontró pruebas concluyentes y eximió al ejército de cualquier responsabilidad, pues indicaba que no había razones para "suponer que los soldados habrían abierto fuego si primero no hubieran sido disparados"(2).

La respuesta no tardó en llegar, y seis meses después tuvo lugar el conocido como "Viernes Sangriento". El 21 de julio de 1972 el IRA hizo estallar hasta 22 bombas en Belfast matando a 9 personas (dos eran soldados británicos) y causando 130 heridos.

Las repercusiones que este suceso tuvo en su momento en el mundo de la política y en el ámbito cultural fueron muy importantes. Un més después del suceso Paul McCartney sacaba a luz un single del grupo Wings: Give Ireland back to the Irish (la canción fue prohibida en la BBC) y ese mismo año Jonh Lennon dedicaba a éste suceso una canción en su album Some time in New York(3).

Jonh Lenon, Sunday bloody sunday

En el año 1998, en el marco de las negociaciones de paz, Tony Blair aceptó abrir una nueva investigación (Infome Saville). Tras más de doce año de investigación, las conclusiones se presentaron en el año 2010, y el entonces presidente David Cameron dijo que la matanza producida el 30 de enero de 1792 "ni estaba justificada y es justificable". El Presidente aceptó que los 14 manifestantes que murieron ese día eran inocentes(4).




(1) ARBIZU, Nuria, Irlanda del Norte: historia de un conflicto, 2011 (licencia de Creative Commons)
(2) ALONSO, Rogelio, Irlanda del Norte: una historia de guerra y búsqueda de la paz, Madrid, Editorial Complutense, 2001, pp. 159-160.
(3) Información extraída de: http://innisfree1916.wordpress.com/2007/01/31/el-%E2%80%98domingo-sangriento%E2%80%99-en-la-musica-y-el-cine/
(4)OPPENHEIMER, Oliver, La matanza del domingo sangriento, "ni justificada ni justificable", El País, 15-06-2010.






miércoles, 22 de mayo de 2013

Auschwitz. Los nazis y la «solución final»




Hoy me gustaría hablaros de uno de los libros que más me han gustado de todos los que tuve que leerme durante la carrera. Se trata de la obra de Laurence Rees, Auschwitz. Los nazis y la "solución final".

En ella, el autor realiza una interesante aportación al conocimiento histórico del  mayor campo de exterminio judío: Auschwitz. Todo ello, extrayendo la información a partir de más de un centenar de entrevistas y testimonios de supervivientes y verdugos.

El escritor, Laurence Rees, ha dedicado gran parte de su tiempo a la investigación del tema del nazismo. Además de escritor, trabaja como director creativo y productor de la BBC, centrando su actividad en programas de temática histórica y de series documentales. Entre sus libros destacan: Nazis: a Warning from History (1997), Horror in the East (2000) y Auschwitz: los nazis y la "solución final" (2005). Una guerra de exterminio. Hitler contra Stalin (2006), Los verdugos y las víctimas. Las páginas negras de la historia de la Segunda Guerra Mundial (2008), El holocausto asiático. Los crímenes japoneses de la Segunda Guerra Mundial (2009) o la más reciente: El oscuro carisma de Hitler (2013).

Hay que destacar que este libro está fundamentado, principalmente, en testimonios orales. La falta de documentos escritos referentes a la «solución final», debido a  que los nazis se cuidaron de destruir todos los registros que pudieron antes de finalizar la guerra, hace necesaria la recopilación de aquellos testimonios de quienes estuvieron en Auschwitz. Siendo, en este sentido, de gran importancia el hecho de que no sólo cuente con declaraciones de presos, sino también de alemanes que trabajaron allí, permitiendo así un análisis de la mentalidad de ambos grupos. 

La idea principal que se puede seguir a lo largo de la obra es que el Holocausto no fue obra de una sola persona, ya que como el propio autor indica fue: «un crimen cometido por cientos de miles de personas. Y la mayoría era gente de lo más normal». Igualmente, analiza cómo el sometimiento a una situación especial y excepcional pude influir sobre el comportamiento humano llegando a la conclusión de que «nadie se conoce a sí mismo».
La obra se estructura en seis capítulos a través de los cuales podemos seguir el desarrollo del campo de concentración desde sus inicios y hasta su final. Pero además, permite acercarnos a algunos de los acontecimientos más importantes de la guerra y al funcionamiento de otros campos como Sobibór, Belzec, Treblinka o Bergen-Belsen.
  
El campo

Laurence Rees pone de manifiesto como Auschwitz fue evolucionando a medida que las necesidades, y las nuevas orientaciones de la política nazi, iban cambiando. Los primeros prisioneros (una treintena) llegaron al campo el 14 de junio de 1940 provenientes de Alemania. Se convirtieron en los primeros kapos, y al frente del campo se situó Rodolf Hoess. Pero si al principio Auschwitz fue concebido como una prisión de tránsito, en apenas pocos días pasó a ser un lugar de encarcelamiento con una utilidad: la explotación de recursos naturales. Sin embargo, muy pronto se llevaron a cabo las primeras pruebas de exterminio, al tiempo que en 1941 Himmler ampliaba el campo para albergar a 300 reclusos. Una ampliación que estaba condicionada por la puesta en marcha de una fábrica de caucho de la empresa I.G. Farben. 

Por otra parte, empezaron los primeros experimentos, que siguiendo la concepción darwiniana de la vida, fueron dirigidos a aquellas personas que habían dejado de ser útiles. La operación se llevó a cabo el día 28 de julio, conociéndose como 14F13. Se trataba de la selección de una serie de enfermos a los que se introdujo en una cámara de gas, fuera del recinto, en el centro siquiátrico de Sonnenstei, cerca de Dánzig.  

Ante la falta de víveres y la escasez de todo tipo de recursos alimenticios para el mantenimiento de los judíos, comenzó en Ucrania el exterminio de mujeres y niños, fusilándolos al pie de una zanja. Pero pronto se buscaron otras formas de acabar con ellos, debido a los efectos sicológico que dejaba en los soldados y a la enorme cantidad de munición que se gastaba. Widmann utilizó explosivos, pero el resultado fue aterrador, ya que la carga que usó no fue suficiente. Finalmente, se realizó una prueba con Zyklon B, un producto utilizado para acabar con los piojos. El experimento funcionó, aunque todavía debía perfeccionarse. 
El 27 de febrero de 1942, Rudolf Hoes, junto con el arquitecto de la SS Karl Bischoff  y el director de la oficina central de la edificación de la SS Hans Kammler, decidió trasladar a Birkenau el horno crematorio que se había proyectado para Auschwitz I. También se creación de dos nuevas cámaras de gas con capacidad para ochocientas personas, como la construcción de un nuevo centro de exterminio denominado como “la Casita Blanca”, con capacidad para unas mil doscientas personas.

En la primavera de 1943, Himmler consideraba evidente que Auschwitz era el único campo de concentración que de manera satisfactoria podía aunar los objetivos de trabajo y exterminio. Sin embargo, en el invierno de este año ya estaba claro que los nazis perdían la guerra, y por ello una nueva motivación pasó a primer plano en el exterminio judío: la venganza. Así, Auschwitz se convertiría en el mayor centro de exterminio conocido.    

La mayoría de los judíos que padecieron esta nueva política de aniquilamiento procedieron de Hungría, pero cuando estas deportaciones cesaron, comenzó el exterminó de otro importante grupo: los gitanos. Veintiún mil de los veintitrés mil gitanos que llegaron murieron en sus instalaciones.  

El antisemitismo alemán y el pensamiento judío

Hay que indicar que el antisemitismo alemán se distingue del de otros países por su concepción racista. De este modo, el judío es malo porque lo lleva en su sangre. Así se entiende la respuesta que ofreció Oskar Groening al ser preguntado por la matanza de niños: 
 
«Los niños no son, por el momento, enemigos: el enemigo es la sangre que corre por sus venas; el enemigo es el hecho de que crezcan para convertirse en judíos peligrosos. Por ello también recibían el mismo trato»[1].

Laurence Rees pone de manifiesto a través de los distintos testimonios orales el odio que se había generado hacia la población judía. En este proceso Hitler tuvo un papel decisivo. Los temas centrales en los que se apoyaba eran: la idea de que los judíos querían dominar el mundo, y la identificación del judío como elemento de corrupción sexual y causante de infecciones microbianas[2]. Todo ello unido a una perfecta propaganda que situaba a los judíos como causantes de la devastación sufrida en la Primera Guerra Mundial[3], tuvo como consecuencia la participación o consentimiento de la población en el exterminio. Parece observarse cómo la exclusión de los judíos fue un proceso sucesivo, producto de la interacción entre las medidas del gobierno y las reacciones sociales[4].

Así, se necesitó del entusiasmo de colaboradores, médicos, antropólogos, biológicos, expertos en estadística y demografía, etc., para que la barbarie nazi lograra la solemnidad ritual de las grandes aventuras terapéuticas y preventivas de la medicina[5]. 

El segundo aspecto a destacar de la obra de Rees es muy revelador. Se trata de la opinión de los judíos acerca no sólo de los que se convirtieron en sus verdugos, sino de los alemanes en general. Tras todo lo vivido en los campos de concentración y guetos, experimentaron el mismo odio hacia los alemanes. Las atrocidades de las que fueron testigos explican este sentimiento.

Este hecho se pone de manifiesto en el testimonio de un prisionero judío que junto a otros viajaba desde Auschwitz en dirección al Reith. Con ellos se encontraba un alemán que le ofreció cigarrillos cambio de ocupar su sitio. Tras cederlo y una vez terminado de fumar, pidió al alemán que se levantara, pero al no hacerlo, él y otros compañeros se sentaron encima suya. Finalmente murió asfixiado. Este hombre llegó a expresar que estaban contentos de haber matado a un alemán, pues ellos habían matado a toda su familia[6]

Cabe preguntarse cómo pudieron los judíos sobrellevar la situación a la que fueron sometidos en Auschwitz, sobre todo aquellos que eran designados a las labores sicológicamente más duras. En este sentido destacaba el grupo de los Sonderkommando: prisioneros encargados de cortar el pelo a los judíos que llegaban, dirigirlos a las cámaras de gas y posteriormente trasladar los cuerpos al crematorio. Uno de estos hombres aportó una visión muy esclarecedora de la situación al indicar que: «vivían “insensibilizados”, como un “robot”. Después de un rato dejas de enterarte, nada te molesta (…) llegas a acostúmbrate a ello»[7].

La "solución final"

A pesar de que el exterminio judío había pasado por varias fases precedentes, será durante la invasión a Polonia cuando las medidas tomadas contra los judíos comiencen a endurecerse. Los nazis se encontraron con que tenían que hacerse cargo de más de tres millones de judíos. La primera solución, como muestra Rees, fue la de repartirlos en guetos como el de Lodz. Esta medida formaba parte de la llamada «solución territorial», que junto a la estimulación de la emigración,  propició la creación de enormes guetos a modo de campos de concentración: «gigantescas salas de espera para la “Solución final”»[9]. Sin embargo, sería tras la invasión de la Unión Soviética, en junio de 1941, cuando el régimen dio un paso más en su radicalización, al ser considerada ésta como una guerra racial.
El problema relacionado con la «solución final» radica en establecer cuándo se dio la orden de llevarlo a cabo. Todo parece indicar que ésta se produjo entre marzo y septiembre de 1941, si bien otras tesis hablan de diciembre de este año[10].Y, aunque las fuentes son contradictorias, para Rees, problablemente, Auschwtz pasó a formar parte de la «solución final», al año siguiente. Para él, dicha  «solución final»:

«se convirtió en la voluntad colectiva de muchos, y para demostrarlo más allá de toda duda basta desenmarañar el proceso de toma de decisiones que desembocó en la deportación de los judíos alemanes durante el otoño de 1941»[12].


Finalmente, hay que indicar que a pesar de las pruebas y testimonios que ponen de manifiesto la existencia de la «solución final», existe un pequeño grupo, conocido como los negacionistas, que niegan la existencia de tal medida. Rees apunta algunas de las causas que respaldan estos postulados. La primera de ellas es el hecho de que no exista una orden puesta por escrito de Hitler que lo ratifique. En segundo lugar, hacen referencia a la existencia de un prostíbulo en Auschwitz, situación que aprovechan para rechazar la idea del pésimo trato a los judíos. Relacionando este hecho, con la existencia de un depósito de agua a modo de “piscina”, que los bomberos judíos con una situación privilegiada utilizaban. Sin embargo, negacionistas como David Irving, parecen hacer caso omiso al gran número de testimonios, tanto de las víctimas como de los verdugos, que muestran claramente la puesta en práctica de la «solución final».

El final de la guerra y el regreso de los judíos

Hasta la caída definitiva de Alemania, los nazis siguieron con su política de exterminio. Por ello, cuando el final se encontraba próximo volaron los crematorios y asesinaron en pocos días a seiscientos reclusos de Birkenau. Pero la tragedia continuó. En su empeño de exterminar a los judíos, decidieron trasladar a los prisioneros a Bergen-Belsen, en lo que se conoció como la Marcha de la Muerte[13].  

Tras la liberación del campo en enero de 1945, lo que parecía la salvación y el final de las desgracias se convirtió en el inicio de una nueva lucha por la supervivencia. Con la excepción de los judíos daneses, cuyo regreso a sus hogares era motivo de celebración, el resto no tuvo la misma suerte. Por una parte, los que eran sus liberadores se volvieron violadores de mujeres. Por otro, sin casa y sin alimentos, se refugiaron donde pudieron. Asimismo, muchos de ellos al regresar a sus antiguos hogares descubrieron que estos tenían nuevos propietarios,  que sus vecinos rehusaban dirigirles la palabra y que aquellos en los que habían depositado algunos bienes para que se los guardaran decían no tener nada. El antisemitismo seguía presente en la sociedad.

No menos interesante es la referencia que se hace a la llamada Brigada Judía, constituía en 1944. Se trataba de una sección del ejército británico integrado por judíos. Éstos, a medida que recibían información sobre cómo habían tratado los nazis a los judíos fueron acumulando un deseo de venganza que les llevó a elaborar un listado con los nombres de los alemanes que sospechaban habían estado implicados en el exterminio. Fueron terminando con todos ellos a veces, incluso, sin pruebas que los culpara.



[1] Rees, Laurance, Auschwitz. Los nazis y la «solución final», Madrid, Crítica, 2005, pp. 192-193.
[2] Friedländer, Saul, ¿Por qué el Holocausto? Historia de una psicosis colectiva, Barcelona, Gedisa, 2007, pp. 126-127.
[3] Según la gran mentira que se formó en torno a la participación de los judíos en la guerra, éstos habrían traicionado a Alemania fomentando la revolución en el interior cuando el ejército estaba a punto de vencer. Se les culpó de la  Revolución de 1918, pero en realidad la mayoría de sus líderes no eran judíos. Alemania, que había sido derrotada en el campo de batalla se negaba a admitirlo. La derrota llevó a la desilusión de muchas personas que abrazaron entonces las ideas racistas de los grupos más radicales.  Lozano, Álvaro, La Alemania Nazi. 1933-1945, Madrid, Marcial Pons, 2008, p. 330.
[4] Benz, Wolfgang, “La exclusión como fase integrante de la persecución: la situación de los judíos en Alemania, 1933-1941”, en Bankier, David y Gutman, Israel (eds.), La Europa nazi y la Solución Final, Madrid, Losada, 2005, p. 49.
[5] Gallego, Ferrán, op. cit., p. 343.
[6] Rees, Laurance, op. cit., pp. 366-367.
[7] Rees, Laurance, op. cit., p. 324.
[8] Lozano, Álvaro, op. cit., p. 337.
[9] Lozano, Álvaro, op. cit., p. 343.
[10] Lozano, Álvaro, op. cit., p. 349. Por su parte, Ferrán Gallego sitúa esta decisión en diciembre de 1941, siendo aprobada en condiciones de plena reglamentación el 20 de enero de 1942 en la conferencia de Wannsee. Gallego, Ferrán, op. cit. p. 426. Sin embargo, para Laurence Rees se ha dado a la conferencia de Wannsee más relieve del que realmente tuvo, siendo de mayor trascendencia las conversaciones mantenidas por Hitler en diciembre de 1941 respecto a la «solución final». Rees, Laurance, op. cit., pp. 135-136.
[11] Rees, Laurence, op. cit. p. 100.
[12] Rees, Laurance, op. cit., p. 106.
[13] Rees, Laurance, op. cit., p. 366.